Adultos jóvenes: entre el deber y el deseo.
- Zera psicologia
- 2 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Hay un punto de la vida —generalmente entre los 18 y los 30— donde casi todo parece posible y, al mismo tiempo, nada parece suficiente. Es ese territorio extraño donde la libertad se siente como un regalo… pero también como una carga. Muchos jóvenes llegan a consulta con la misma sensación: “No sé quién soy, ni hacia dónde voy, y siento que debería tenerlo claro.”
La presión no viene solo de afuera. También nace de un ideal interno que susurra:
“Deberías estar más lejos.”
“Deberías saber más.”
“Deberías poder con todo.”
La adultez temprana se convierte así en un campo de batalla invisible donde conviven la esperanza y el miedo, la ambición y la culpa, la independencia y la soledad.
A esta edad, muchos descubren algo incómodo: ese guion que imaginaron —la carrera perfecta, el trabajo estable, la relación sana, la vida “resuelta”— no existe como lo pensaron. Y ese choque entre fantasía y realidad deja huellas:
-Ansiedad por no cumplir expectativas.
-Frustración por sentirse “atrás”.
-Tristeza por compararse.
-Confusión por no reconocer el propio deseo.
-Agotamiento por sostener una fachada funcional.
Y aunque lo viven millones, casi nadie lo dice en voz alta. Las redes sociales intensifican esa sensación de insuficiencia. Mientras uno se siente roto, otro parece triunfar sin esfuerzo. Mientras uno duda, otro viaja, ama, emprende, estudia, pública logros.
Pero detrás de cada foto hay historias que no se cuentan: miedos, dudas, vacíos, contradicciones. La vida adulta no es una carrera; es un proceso personal, no lineal y profundamente íntimo.
Muchos jóvenes sienten que cualquier decisión es definitiva.
“¿Y si me arrepiento?”
“¿Y si no soy lo suficientemente bueno?”
“¿Y si los demás avanzan y yo no?”
Pero crecer también es eso: elegir sin garantías, ensayar identidades, equivocarse sin que eso define el valor personal.
La consulta psicológica se convierte en un refugio para quienes viven este vértigo. Llega el que no duerme, el que llora sin entender, el que se siente desconectado, el que no soporta la presión, el que duda de todo, el que carga culpas ajenas. Todos con algo en común: el deseo profundo de encontrarse, de comprenderse, de construir una vida que no duela tanto.
En el espacio terapéutico, estos jóvenes descubren algo que nadie les enseñó:
Que no tienen que saberlo todo.
Que no están “atrasados”.
Que no están solos.
Que la incertidumbre no es un error, sino un territorio de crecimiento.
La psicoterapia les ofrece un lugar donde no necesitan rendir cuentas, donde pueden desmontar creencias, revisar heridas, sanar lo pendiente, entender su historia y empezar a elegir desde la claridad, no desde el miedo.
Y como toda travesía, se construye caminando. A veces con pasos firmes, otras veces con retrocesos, dudas o pausas. Pero siempre con la posibilidad de reencontrarse.
Ser joven adulto no es estar perdido: es estar en medio del camino, justo donde ocurre la transformación.
Por ZERA Psicologia y Psicosentir y Actuar.



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